Grecia y Roma: El Filósofo Reemplaza al Mago
Hubo un tiempo en que la magia no era una práctica marginal ni una herejía. Antes de ser condenada, ridiculizada o perseguida, fue parte integral de la forma en que las civilizaciones antiguas comprendían el mundo. Sin embargo, en Grecia y Roma ocurrió un giro decisivo, el surgimiento de la filosofía, el derecho y la razón política transformó la percepción de lo mágico. No lo erradicó, pero sí lo volvió peligroso, sospechoso y subversivo.
Este momento histórico marca una fractura profunda en la historia de la magia. No desapareció, pero es cuando comienza a ocultarse, de tal manera que solo algunos podían tener acceso a ella. El hechicero deja de ser consejero y se convierte en amenaza, mientras el filósofo asciende como nueva autoridad del pensamiento. En la Grecia arcaica, magia, religión y conocimiento no estaban claramente separados.
En la vida cotidiana, la magia no era un acto excepcional, se trataba de una práctica integrada a la experiencia común. Amuletos contra el mal de ojo, fórmulas de purificación con agua y fuego, invocaciones domésticas a divinidades tutelares y pequeños rituales agrícolas formaban parte de la normalidad. La frontera entre lo sagrado y lo práctico era casi inexistente. El campesino, el guerrero y la partera compartían un mismo universo simbólico donde la palabra correcta, pronunciada en el momento adecuado, podía alterar el curso de los acontecimientos. Los poemas homéricos describen un mundo donde dioses, héroes y mortales interactúan mediante rituales, palabras de poder y objetos encantados. Circe transforma a los hombres en animales. Medea domina hierbas, venenos y conjuros. Orfeo desciende al Hades usando música como herramienta mágica. Estas figuras no eran vistas como aberraciones, sino como expresiones extremas del saber.
Sin embargo, a partir del siglo V a.C., con el auge y época clásica de las polis y el pensamiento racional, comienza una reconfiguración. Filósofos como Heráclito, Parménides y, más tarde, Sócrates, Platón y Aristóteles, introducen una nueva forma de explicar la realidad conocida como el logos. El mundo ya no debía comprenderse solo a través del mito, sino mediante la razón, la observación y el debate.
Platón, en particular, es una figura ambigua.
Su rechazo a la magia no era únicamente intelectual, sino profundamente político. Platón temía cualquier forma de conocimiento que pudiera influir en el alma sin pasar por el control del estado ideal. Para él, el verdadero peligro no era la falsedad de la magia, sino su influencia emocional. El hechicero competía directamente con el filósofo como modelador de conciencias. Por eso, la condena platónica no es moral, digamos que era estratégica. Por un lado, desprecia a los magos, a quienes considera manipuladores del alma mediante ilusiones. En su diálogo La República, acusa a poetas, adivinos y hechiceros de corromper la mente de los ciudadanos al apelar a emociones irracionales. Pero, al mismo tiempo, su concepción del mundo de las ideas, del alma inmortal y de la reminiscencia, bebe claramente de tradiciones órficas y pitagóricas, profundamente místicas.
La filosofía no eliminó la magia, la absorbió, la reformuló y la escondió bajo un nuevo lenguaje.
Pitágoras es un ejemplo incómodo para la narrativa racionalista. Matemático, místico y líder religioso, creía que los números eran la estructura secreta del cosmos. Sus seguidores practicaban rituales de purificación, creían en la transmigración del alma y atribuían propiedades mágicas a la armonía musical. Hoy se le presenta como un precursor de la ciencia, pero en su tiempo fue visto como un iniciado en misterios antiguos.
En paralelo, el término magos comienza a adquirir una connotación negativa. Originalmente designaba a los sacerdotes persas del zoroastrismo, respetados por su saber astronómico y ritual. Tras las Guerras Médicas, en las que Grecia se enfrenta a Persia, el término se contamina políticamente. Lo persa se vuelve sinónimo de engaño, manipulación y peligro. Así, el mago pasa de sabio extranjero a charlatán sospechoso.
En Atenas, la magia empieza a asociarse con prácticas privadas, nocturnas y femeninas.
Las mujeres, excluidas de la vida política formal, conservaron y transmitieron gran parte del saber ritual como: hierbas medicinales, conjuros amorosos o maldiciones defensivas. Esta asociación reforzó la sospecha institucional. La magia se convirtió en el saber de quienes no tenían voz en la polis, y por ello mismo, en una amenaza silenciosa para el orden establecido. Las famosas defixiones, tablillas de maldición encontradas en toda Grecia, eran utilizadas para influir en juicios, competencias deportivas o relaciones amorosas. Aunque comunes, eran vistas con recelo por las autoridades, ya que escapaban al control del Estado y del culto oficial. Roma heredará esta desconfianza y la llevará aún más lejos.
A diferencia de Grecia, donde el conflicto era filosófico, en Roma fue jurídico y administrativo. La magia fue regulada, perseguida y clasificada porque no era sencillo controlarla. El miedo romano no era al hechizo en si, temían más al desorden que este podía provocar si escapaba a la autoridad imperial.
Para los romanos, el orden era sagrado. El mos maiorum, la tradición de los ancestros, sostenía la estabilidad del imperio. Toda práctica que amenazara ese equilibrio era considerada peligrosa, y la magia, especialmente la privada, entraba en esa categoría.
La Lex Cornelia de sicariis et veneficis, promulgada en el siglo I a.C., castigaba severamente el uso de venenos y prácticas mágicas dañinas. No era una ley moral, y como decíamos, el problema no era la magia en sí, sino su uso fuera del control estatal. De hecho, el estado romano mantenía rituales oficiales, augures y sacerdotes que interpretaban señales divinas antes de decisiones importantes.
El emperador Augusto, mientras prohibía astrólogos y magos independientes, utilizaba presagios, sueños proféticos y signos celestes para legitimar su poder. La diferencia era clara, magia autorizada versus magia clandestina.
Plinio el Viejo, en su Historia Natural, ofrece una crítica feroz a la magia, a la que acusa de ser una amalgama de superstición, charlatanería y engaño. Pero irónicamente, su obra recopila cientos de remedios, creencias y prácticas que hoy consideraríamos mágicas. Plinio no erradicó la magia, de alguna manera, la documentó mientras fingía combatirla.
Con el auge del estoicismo y el epicureísmo, la magia sufre un nuevo desplazamiento. Los estoicos aceptaban un universo gobernado por el destino y la razón divina, lo que dejaba poco espacio para la intervención ritual humana. Los epicúreos, por su parte, negaban la intervención de los dioses en el mundo, despojando a la magia de su fundamento cosmológico. Sin embargo, el pueblo nunca dejó de practicarla.
Amuletos, conjuros, astrología y necromancia siguieron circulando en tabernas, casas privadas y cementerios.
Las defixiones, enterradas en tumbas o arrojadas a pozos, revelan una sociedad profundamente ansiosa, donde la justicia divina era invocada cuando la humana fallaba. Estos objetos arqueológicos no son pruebas de superstición, solo mostraban una profunda desconfianza en las instituciones oficiales. Allí donde el derecho no llegaba, la magia intervenía. La magia se volvió subterránea, invisible, y por ello, más temida.
Este proceso marca un patrón que se repetirá a lo largo de la historia, cuando una forma de conocimiento deja de servir al poder, se la declara peligrosa. El filósofo reemplaza al hechicero no porque sea más verdadero, lo hace porque es más útil al orden político emergente.
La transición griega y romana no fue el fin de la magia, sino su transformación.
Este proceso desembocará en Alejandría, donde el hermetismo, el neoplatonismo y las tradiciones egipcias y griegas convergerán en un nuevo cuerpo de conocimiento oculto. Aquí, la magia ya no será popular ni estatal... se convierte en iniciática. Reservada para pocos. El camino hacia la clandestinidad estaba completo. A partir de aquí, el conocimiento oculto se desplazará hacia los márgenes, los misterios órficos, el hermetismo alejandrino, el neoplatonismo y, más tarde, el gnosticismo.
En el siguiente tramo de esta historia, veremos cómo el cristianismo heredará esta desconfianza y la convertirá en persecución sistemática. Pero esa es otra vereda, aún más oscura.
La magia no murió en Grecia ni en Roma. Aprendió a esconderse, y desde entonces, jamás volvió a caminar a plena luz del día. Al menos, no la verdaera.
Imagen creada con Sora IA
Reviewed by Angel Paul C.
on
enero 19, 2026
Rating:
