Bael: El Primer Rey del Ars Goetia y el Demonio de la Visión Oculta
Que Bael sea el primer demonio del Ars Goetia no es un accidente ni una simple cuestión de orden. En los sistemas simbólicos antiguos, lo primero no es lo más violento ni lo más temido, sino lo fundacional. Bael no inaugura el grimorio con destrucción ni con tentación explícita; lo abre como el rey que tiene la capacidad de ver sin ser visto. Y esa cualidad, más que cualquier fuego infernal, ha sido siempre una de las formas más puras del poder. En nuestros días está más vigente que nunca.
En el Lemegeton, Bael es descrito como un rey que gobierna sobre legiones y que aparece bajo múltiples formas, humana, felina, anfibia, o combinaciones de ellas. Bael no es tan importante por cómo se manifiesta, su poder radica en la soberanía del conocimiento perceptivo, la autoridad que nace de comprender el entorno antes que los demás.
El primer rey y la lógica del inicio
El Ars Goetia comienza con Bael porque todo sistema de dominación empieza por la observación. Antes de controlar, manipular o destruir, es necesario entender lo que se busca dominar o gobernar. Este demonio encarna el principio primario de la mirada que precede a la acción. No enseña ciencias ni revela secretos del futuro como otros demonios posteriores; enseña la invisibilidad a todo aquel que lo invoca.
No se trata solo de volverse invisible en un sentido literal, como suele repetirse de forma superficial. En la tradición simbólica, la invisibilidad es la capacidad de operar fuera del foco, de influir sin exponerse, de moverse en las estructuras sin ser detectado. Bael es el demonio de quien observa el tablero completo mientras los demás solo ven su propia pieza.
Que este sea el punto de partida del grimorio dice mucho sobre la mentalidad que lo produjo. El miedo no estaba únicamente en los demonios visibles, sino en aquello que actuaba desde las sombras, sin nombre, sin rostro claro, pero con efectos reales. En pocas palabras... el poder detrás de las sombras.
Bael y la soberanía de la percepción
La realeza, en el lenguaje demonológico, no implica nobleza moral, se busca autoridad funcional. Un rey gobierna porque entiende la dinámica de su dominio. En el caso de Bael, su dominio es la percepción, la relación entre lo que se ve, lo que se oculta y lo que se cree entender.
Aquí es donde Bael se vuelve muy actual. Vivimos en una época obsesionada con la visibilidad, con la exposición constante, con la ilusión de que todo está a la vista. Sin embargo, los verdaderos centros de poder rara vez son los más visibles. Operan en capas, en estructuras opacas, en decisiones que no se anuncian, decisiones que solo se ejecutan sin pedir permiso.
Bael no simboliza la mentira directa, representa la asimetría de información. Saber más que el otro, ver antes que el otro, comprender patrones que para la mayoría pasan desapercibidos. Ese tipo de ventaja ha sido históricamente atribuida tanto a dioses como a demonios, porque desestabiliza la idea de igualdad entre los hombres.
Las formas de Bael: naturaleza, adaptación y dominio
Las descripciones de este personaje como una entidad de múltiples formas —humana, animal, anfibia— no deben leerse como simple fantasía medieval. En el pensamiento simbólico, la capacidad de adoptar distintas formas es una metáfora del dominio de contextos. Bael no pertenece a un solo ámbito; se mueve entre varios tipos de escenarios.
El animal representa el instinto, la reacción inmediata, la lectura primitiva del entorno. El humano representa la razón, el lenguaje, la planificación. La criatura anfibia, capaz de existir entre mundos, simboliza la transición, la adaptación, la supervivencia en territorios ambiguos. Bael es, en ese sentido, un demonio que no se ancla a un solo estado de la realidad.
Este rasgo lo convierte en una figura clave, dedicado al conocimiento y al lenguaje oculto. Antes de aprender, hay que observar y antes de nombrar, hay que distinguir.
Invisibilidad como poder, no como truco
La invisibilidad atribuida a Bael ha sido banalizada hasta el cansancio en lecturas modernas. Se le presenta como un demonio que concede un “poder” útil para escapar o esconderse. Esa lectura es pobre y, francamente, ingenua.
En su sentido profundo, la invisibilidad no es desaparecer físicamente, sino no ser interpretado correctamente. Pasar desapercibido no porque no estés ahí, sino porque los demás no saben hacia dónde mirar. Bael enseña a moverse dentro de sistemas complejos sin activar alarmas, sin convertirse en objetivo.
Esto conecta con el hecho de que los sistemas de poder más eficaces no son los más violentos, sino los más discretos, como lo estamos comprobando actualmente. Bael no hace ruido, solo estudia con calma, observa los diferentes ángulos y cuando es necesario actúa.
Bael y el inicio del descenso
Como primer demonio del Ars Goetia, Bael no arrastra al lector al infierno de golpe. Lo introduce con calma, le enseña a mirar, a entender que el conocimiento no siempre ilumina; también oscurece. Porque ver demasiado pronto, o sin contexto, también es una forma de condena.
Bael inaugura el grimorio mostrando que quien aprende a ver sin ser visto corre el riesgo de desconectarse del resto. La invisibilidad protege, pero también se corre el riesgo de aislamiento. El observador permanente rara vez es comprendido por quienes viven dentro del ruido. En nuestros días hay más ruido que observadores, y quien se atreve a ir en contra de ese ruido es señalado de traidor o insensato, es por eso que termina aislado del mundo.
No es casual que Bael no sea uno de los demonios más conocidos en la cultura popular. No es espectacular, no es grotesco y no es seductor. Es, simplemente, eficaz. Y eso lo vuelve peligroso de una manera más sutil.
Iniciar con Bael es comenzar por la base correcta. Antes de hablar de revelaciones, profecías o lenguajes ocultos, es necesario entender quién mira y desde dónde.
El Ars Goetia empieza aquí porque todo lo demás depende de esto. Sin visión, no hay conocimiento; sin observación, no hay control y sin invisibilidad estratégica, no hay poder duradero.
Bael no es el demonio que promete más, es el demonio que enseña a esperar pacientemente para actuar con certeza.
¿Bael es la demonización del antiguo dios Baal?
Una de las preguntas más recurrentes cuando se estudia el Ars Goetia es si Bael, el primer rey del grimorio, es simplemente la versión demonizada del antiguo dios cananeo Baal. La respuesta breve es sí… pero no de manera simple ni directa. Y en esa complejidad está lo verdaderamente revelador.
Baal no era originalmente un demonio. Ni siquiera era un nombre propio en sentido estricto. En las lenguas semíticas antiguas, “Baal” significa “Señor” o “Dueño”, un título que podía aplicarse a distintas deidades locales. Sin embargo, en el ámbito cananeo y ugarítico del segundo milenio antes de nuestra era, Baal —especialmente Baal Hadad— se consolidó como una figura central del panteón: dios de la tormenta, del trueno, de la fertilidad y del ciclo agrícola. Era una deidad asociada al poder atmosférico y al equilibrio entre sequía y abundancia, un dios guerrero que combatía fuerzas caóticas como el mar y la esterilidad.
Lejos de representar el mal, Baal era protector, garante del orden natural y símbolo de prosperidad. Su culto no era marginal, sino dominante en varias regiones del Levante antiguo. Esto es crucial para entender lo que vendría después.
Con el fortalecimiento del monoteísmo israelita, Baal se convirtió en una figura teológica problemática. No porque fuese “maligno” en su contexto original, sino porque competía directamente con la afirmación exclusiva de Yahvé como único Dios legítimo. En los textos bíblicos, Baal aparece progresivamente descrito como ídolo falso, símbolo de idolatría y corrupción espiritual. Esta transición marca el inicio de un proceso histórico común en la evolución religiosa, la degradación simbólica del dios rival.
Cuando una tradición se impone, las deidades anteriores no suelen desaparecer; se reinterpretan, tal y como hemos visto con varios demonios anteriores. El antiguo dios poderoso se convierte en falsa divinidad, más tarde, en espíritu impuro y finalmente, en demonio.
Ese desplazamiento no fue instantáneo ni coordinado, se extendió durante siglos. A medida que la demonología judeocristiana se fue estructurando en la Antigüedad tardía y la Edad Media, muchos nombres vinculados a antiguos cultos paganos reaparecieron dentro de catálogos demoníacos. El nombre “Baal”, adaptado fonéticamente como “Bael”, terminó integrándose en tradiciones esotéricas posteriores, incluida la literatura grimórica.
Sin embargo, el Bael del Ars Goetia no es una copia intacta del dios cananeo. Ya no es señor de la tormenta ni garante de fertilidad. Ahora es descrito como rey infernal que concede invisibilidad y gobierna legiones. Sus atributos han cambiado, su función se ha reconfigurado dentro de un nuevo sistema teológico y simbólico.
Lo que persiste es el nombre y la noción de autoridad.
El Baal que en la Edad del Bronce representaba la fuerza vital de la tormenta, siglos después reaparece como Bael, figura asociada al poder oculto y la percepción estratégica. No es continuidad directa, pero tampoco ruptura total.
Comprender este proceso no implica reducir a Bael a una simple “versión demonizada” ni afirmar que el Ars Goetia conserve intacta la memoria del antiguo dios. Implica reconocer que la demonología europea está atravesada por capas históricas donde antiguos dioses fueron reubicados dentro de nuevas cosmologías.
Cuando un dios cae, no desaparece, solo cambia de función, de narrativa y de moralidad. Pero permanece como estructura simbólica.
De esta manera, Bael no es únicamente un espíritu goético. Es también un eco lejano de un tiempo en el que la tormenta era divina y el poder no estaba dividido entre cielo e infierno, sino concentrado en la naturaleza misma.
Imagen creada con Sora IA
Reviewed by Angel Paul C.
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febrero 11, 2026
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