El Día en que un Papa Excomulgó un Cometa (y la Ilustración lo convirtió en mito)
En el año de 1456, mientras Europa contenía el aliento ante el avance otomano y el recuerdo de Constantinopla aún sangraba en la memoria, un cuerpo celeste cruzó el cielo nocturno con una presencia inquietante. No era un astro cualquiera, era un cometa brillante, visible durante semanas e imposible de ignorar. Hoy lo conocemos como el cometa Halley, pero en aquel entonces fue interpretado como lo que siempre han sido los cometas para la mente humana en diferentes épocas ocas, mensajeros de desastre.
Siglos después, se afirmaría que el papa Calixto III no solo había temido aquel fenómeno, sino que había llegado al extremo de excomulgarlo, como si se tratara de una entidad demoníaca suspendida en el firmamento. La historia es demasiado perfecta para no ser contada, la Iglesia medieval combatiendo al cielo con rituales, la superstición enfrentada a la razón astronómica, el pasado oscuro derrotado por la luz de la ciencia moderna.
Pero, como ocurre con casi todas las historias demasiado perfectas, el problema no es lo que dice… sino cuándo y por quién fue dicho.
1456: miedo, guerra y señales en el cielo
Para comprender el episodio, hay que situarse en su contexto real, no en la caricatura posterior.
En 1456 Europa vivía una crisis existencial. Tres años antes, Constantinopla había caído ante los turcos otomanos. La cristiandad interpretó aquel hecho no solo como una derrota política, sino como un castigo divino. El avance islámico hacia Occidente parecía imparable, y el temor a una invasión total era real. En ese clima de ansiedad colectiva apareció el cometa.
En la mentalidad medieval los cometas no eran “objetos astronómicos”. Eran símbolos, presagios, rupturas del orden natural. Aristóteles ya los había descrito como emanaciones imperfectas del mundo sublunar, y durante siglos fueron asociados con pestes, guerras y muertes de reyes.
El cometa de 1456 coincidió, además, con el asedio de Belgrado. La correlación era demasiado potente para ser ignorada. El cielo parecía alinearse con la tragedia terrestre.
Calixto III, como pontífice, respondió como se esperaba de un líder espiritual del siglo XV, convocando oraciones, procesiones y llamados a la penitencia. Emitió una bula instando a los fieles a rezar el Ángelus al mediodía, pidiendo protección divina frente a los enemigos de la cristiandad. Hasta aquí, todo es históricamente verificable.
Lo que no aparece en ningún documento contemporáneo es un excomunión dirigida explícitamente contra el cometa.
Entonces… ¿de dónde sale la historia del exorcismo?
Aquí entra en escena un personaje clave, pero no del siglo XV, sino del siglo XVIII.
Pierre-Simon Laplace, matemático, astrónomo y uno de los grandes arquitectos del pensamiento científico moderno, menciona el episodio del cometa y el papa como ejemplo del atraso intelectual del pasado. En su relato, Calixto III habría ordenado rituales para “ahuyentar” al cometa, interpretándolo como una amenaza demoníaca.
Laplace no cita una bula específica. No transcribe documentos, relata una anécdota que ya circulaba en ambientes ilustrados.
Laplace no inventa la historia de la nada, pero la fija, la cristaliza y la legitima como símbolo. A partir de él, otros autores —Voltaire incluido— repetirán el relato con entusiasmo. El episodio se convierte en munición retórica para un proyecto cultural más amplio, demostrar que la razón moderna ha superado la superstición medieval.
El papa excomulgando un cometa no es solo una anécdota graciosa. Es un mito fundacional de la Ilustración.
La Ilustración necesitaba un antagonista claro. Y lo encontró en una versión simplificada, exagerada y convenientemente oscura del pasado medieval.
El problema no es que la Edad Media tuviera creencias simbólicas sobre los cielos —eso es cierto—, sino que la Ilustración la reduce a eso, borrando matices, debates internos y avances reales en astronomía, matemáticas y filosofía natural.
Rezar frente a un cometa no era “combatir un objeto físico”, sino responder simbólicamente a una amenaza percibida en el orden del mundo.
La Iglesia no necesitaba creer que el cometa era un demonio literal para reaccionar ante él. Bastaba con entenderlo como un signo, y los signos exigen interpretación, ritual y acción colectiva.
Desde esa perspectiva, la historia de la excomunión no es tan absurda. Es coherente dentro de su marco cultural. Lo que resulta problemático es usarla siglos después como prueba de estupidez, sin reconocer el contexto que la hace inteligible.
El mito que sobrevivió al cometa
El cometa Halley volvió en 1531, 1607, 1682, 1758, 1835, 1910 y 1986. Cada regreso estuvo acompañado de temores, teorías y, en algunos casos, pánico colectivo. En 1910, por ejemplo, hubo quienes vendieron “pastillas anticometas” para protegerse de supuestos gases venenosos.
La diferencia es que, para entonces, la ciencia ya convivía con el mito, no lo había erradicado.
El episodio de Calixto III sobrevivió no porque fuera históricamente sólido, más que nada, porque servía a una narrativa poderosa: la de un pasado dominado por el miedo frente a un presente ilustrado y racional.
Si algo nos enseña esta historia es que los mitos no nacen solo de la ignorancia, también surgen de la necesidad de construir sentido. Calixto III probablemente nunca excomulgó un cometa. Laplace probablemente nunca pretendió hacer historia documental. Y, sin embargo, el relato sigue vivo.
Imagen creada con Sora IA
Reviewed by Angel Paul C.
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febrero 02, 2026
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