Agares: Lenguaje, Territorio y el Poder de Hacer Regresar a los que Huyen
El segundo nombre y la estructura invisible
En el orden tradicional del Ars Goetia, Agares ocupa una posición inmediatamente posterior a la de Bael. Esta posición, lejos de ser un simple detalle enumerativo, sugiere una progresión conceptual. Bael introduce la noción de poder invisible y autoridad latente, mientras que Agares desplaza el eje hacia algo más concreto y a la vez más estructural, su poder radica en el dominio del lenguaje, el territorio y la estabilidad de aquello que sostiene a una comunidad; es decir, representa la tensión entre la estabilidad o el caos que sostiene un grupo.
Agares no irrumpe con violencia ni con promesas de destrucción inmediata. Su perfil es más sobrio y se le atribuye la capacidad de enseñar todos los idiomas, de hacer regresar a quienes huyen y de provocar terremotos. Estas facultades, leídas superficialmente, parecen dispersas, casi arbitrarias. Sin embargo, cuando se observan en conjunto, revelan una coherencia profunda, ya que, este demonio actúa sobre las condiciones que permiten que el mundo social y simbólico permanezca estable o se fracture.
La enseñanza de idiomas no es un detalle ornamental dentro de la tradición mágica. En la historia cultural de Occidente, el idioma no ha sido concebido únicamente como medio de comunicación, sino como instrumento de orden. Nombrar implica delimitar; clasificar implica jerarquizar. Cada lengua encierra una cosmovisión, una forma de organizar el tiempo, el espacio y las relaciones humanas. Enseñar todos los idiomas significa, en términos simbólicos, dominar múltiples arquitecturas de realidad.
Desde esta perspectiva, quien domina varias lenguas atraviesa fronteras sin ser detectado como extranjero; puede reinterpretar significados desde dentro y alterar equilibrios sin necesidad de confrontación directa. El lenguaje se convierte así en el primer territorio que puede ser ocupado, defendido o transformado.
La palabra como suelo compartido
Toda comunidad descansa sobre un suelo simbólico. Ese suelo no está compuesto únicamente por tierra y piedra, sino por acuerdos lingüísticos que determinan qué es verdadero, qué es legítimo y qué es prohibido. Cuando una palabra cambia de significado, no solo se modifica una definición; se altera el marco dentro del cual una sociedad piensa y actúa.
Agares, como maestro de idiomas, se sitúa precisamente en ese punto de inflexión. Enseñar todas las lenguas implica también conocer las diferencias entre ellas. Allí donde un término no encuentra equivalente exacto en otra cultura, se abre un espacio de ambigüedad. Esa ambigüedad puede ser puente o fractura. Puede facilitar el intercambio o generar conflicto. El espíritu que domina esa zona posee el poder silencioso de decidir cómo se traduce el mundo.
No es casual que, en la tradición mágica, la pronunciación correcta de un nombre sea considerada decisiva. La palabra exacta invoca; la palabra mal pronunciada disuelve el vínculo. El lenguaje, por lo tanto, es performativo y produce efectos. Porque puede cambiar realidades. De esta manera, Agares encarna esa dimensión productiva del habla, pero también su potencial desestabilizador.
Porque si enseñar un idioma abre puertas, también puede erosionar identidades. Cuando una lengua se impone sobre otra, transforma hábitos, reordena jerarquías y redefine pertenencias. La historia está llena de imperios que no conquistaron únicamente territorios físicos, sino sistemas de significación, como en el caso de la religión y la manera de gobernar. En ese sentido, el dominio del lenguaje es una forma de soberanía.
El retorno del fugitivo y la negación de la dispersión
Junto a la enseñanza de idiomas, se atribuye a Agares la capacidad de hacer regresar a quienes huyen. Esta facultad, en apariencia más concreta, guarda una relación directa con la primera. La huida representa la ruptura del vínculo, la separación del cuerpo respecto a un centro de autoridad o pertenencia. Huir es sustraerse a un orden.
Obligar al retorno implica restaurar una cohesión que se había quebrado. No se trata únicamente de controlar movimientos físicos, sino de reinstaurar la relación entre individuo y estructura. En términos simbólicos, Agares actúa contra la dispersión. Allí donde algo se fragmenta, él reconstituye la unidad, aunque esa unidad no sea necesariamente armoniosa.
El retorno forzado también puede leerse como una forma de disciplina. La comunidad que no permite la fuga perpetúa su propia estabilidad, pero a costa de la libertad de sus miembros. Agares encarna esa tensión entre cohesión y coerción. Su poder no es explosivo, simplemente atrae hacia el centro lo que intenta escapar.
Esta dimensión adquiere un matiz más profundo cuando se considera que la huida no siempre es física. Se puede huir de una lengua, de una tradición o de una memoria, por ejemplo. Se puede abandonar un relato para adoptar otro. En ese contexto, hacer regresar a quienes huyen significa también reinstalar narrativas, reimponer significados y recuperar lo que parecía perdido.
El retorno, entonces, no es solo desplazamiento invertido; es restauración de un orden simbólico.
El temblor como reordenamiento de los cimientos
La tercera facultad atribuida a Agares —provocar terremotos— introduce una imagen poderosa. El temblor de la tierra es uno de los fenómenos más desestabilizadores que puede experimentar una comunidad. Cuando el suelo se mueve, lo que parecía firme revela su fragilidad.
Si el lenguaje constituye un suelo simbólico, el terremoto representa su alteración radical. Este demonio, que enseña idiomas y restaura retornos, puede también sacudir las bases mismas sobre las que se sostiene la vida colectiva. Esta aparente contradicción es, en realidad, una confirmación de su naturaleza estructural.
Quien domina el lenguaje puede modificar las condiciones de estabilidad. Y por otro lado, un cambio discursivo profundo puede tener efectos tan devastadores como un sismo físico. Las revoluciones políticas y culturales suelen comenzar con transformaciones semánticas. Nuevas palabras, nuevas definiciones, nuevas categorías alteran la percepción de lo legítimo y lo posible. El temblor precede al derrumbe.
Agares no representa el caos puro, sino la capacidad de alterar la base. Puede consolidar el orden mediante el retorno y, al mismo tiempo, cuestionarlo mediante el temblor. Esta ambivalencia lo sitúa en un punto crucial en el que no es simple agente de destrucción ni garante absoluto de estabilidad. Es mediador entre ambas fuerzas.
Iconografía
La tradición lo describe como un anciano montado sobre un cocodrilo y acompañado por un halcón. Esta imagen, más que una fantasía arbitraria, condensa elementos simbólicos coherentes con sus atribuciones.
El anciano evoca antigüedad, memoria y autoridad acumulada. No se trata de la impulsividad de la juventud, sino de la estrategia del que ha observado ciclos repetirse. El cocodrilo, criatura anfibia, habita la frontera entre agua y tierra. Es un ser liminal que transita entre estabilidad y fluidez. Montar sobre él sugiere dominio sobre esa frontera. El halcón, por su parte, simboliza visión elevada y vigilancia.
Agares, como ya decíamos, no actúa desde la irrupción violenta, sino desde la comprensión de los límites. Se mueve en el umbral entre lo estable y lo mutable, entre la palabra consolidada y el significado emergente. Su iconografía refuerza la idea de que su poder reside en la mediación y en la capacidad de observar antes de intervenir.
Ecos históricos y construcción demonológica
A diferencia de otras figuras del Ars Goetia cuyo nombre puede vincularse con mayor claridad a antiguas deidades específicas, Agares no presenta una equivalencia histórica directa y ampliamente aceptada. Esto no significa que carezca de raíces culturales, sino que su figura responde a un proceso más complejo de síntesis y relectura.
La demonología medieval no surgió en el vacío, se alimentó de tradiciones bíblicas, textos apócrifos, influencias clásicas y reelaboraciones teológicas. En ese entramado, los nombres y atributos se reorganizaron para formar un sistema coherente con la cosmología cristiana de la época. Agares es producto de esa reorganización, una figura que encarna tensiones fundamentales entre palabra, territorio y estabilidad.
El hecho de que se le atribuya dominio sobre idiomas sugiere una sensibilidad particular hacia la diversidad cultural y la necesidad de traducir el mundo en un marco común. En una Europa marcada por conflictos religiosos y disputas territoriales, el lenguaje no era un asunto trivial. Era herramienta de poder, de legitimación y de exclusión.
De esta manera, Agares puede interpretarse como la personificación de una ansiedad histórica, la conciencia de que el control del discurso equivale al control del orden social.
Lenguaje, poder y civilización
La civilización no se sostiene únicamente sobre murallas y ejércitos, también hay acuerdos narrativos. Cada sociedad construye un relato sobre sí misma y lo transmite a través de la lengua. Cuando ese relato se fragmenta, la cohesión se debilita.
Agares encarna la posibilidad de intervenir en ese nivel profundo. Enseñar idiomas puede facilitar la expansión de un relato o su infiltración. Hacer regresar a quienes huyen puede impedir la disolución de una identidad colectiva. Provocar terremotos puede simbolizar el momento en que el relato ya no basta para sostener la estructura.
Su figura revela que el poder más duradero no es el que destruye abiertamente, es el que redefine las condiciones bajo las cuales la destrucción o la estabilidad son posibles.
En conclusión, Agares no es un espíritu de espectáculo. No seduce con la promesa de riquezas ni por el dramatismo de la violencia explícita. Su poder se ejerce en un nivel menos visible, pero más decisivo, el de la arquitectura simbólica.
Dominar el lenguaje es dominar la percepción. Restaurar el retorno es reinstalar la cohesión. Sacudir la tierra es recordar que ninguna estructura es eterna. En la convergencia de estas facultades se dibuja una figura que opera en el umbral entre orden y fractura.
Si el catálogo goético puede leerse como una cartografía del poder en sus múltiples manifestaciones, Agares representa la dimensión estructural de ese poder. No el golpe, sino la base que hace posible el golpe. No la llama visible, sino el combustible que la alimenta.
En un mundo donde las palabras siguen definiendo fronteras y donde los cimientos simbólicos pueden resquebrajarse con una nueva narrativa, la figura de Agares conserva su presencia actual de manera inquietante e inevitable.
Imagen creada con Sora IA
Reviewed by Angel Paul C.
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febrero 18, 2026
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