El Cerebro en un Mar de Ondas
¿Puede el cerebro humano captar señales como el Wi-Fi o las ondas de radio? Reflexión sobre neurociencia, campos electromagnéticos y el mito de una red invisible entre mentes.
Neurociencia, tecnología y el mito de una red invisible
Vivimos inmersos en algo que no vemos. No es metáfora ni exageración, el espacio que habitamos está saturado de ondas electromagnéticas que atraviesan muros, cuerpos y ciudades enteras sin producir el menor sobresalto consciente. Wi-Fi, radio, telefonía móvil, satélites, Bluetooth, etc. Señales que transportan información, imágenes, voces, datos financieros y conversaciones privadas flotan practicamente a nuestro alrededor como un ruido constante que el cerebro ignora… o cree ignorar.
Desde hace décadas, esta coexistencia silenciosa ha despertado una duda persistente, si todas estas señales viajan como ondas, y si el cerebro funciona mediante impulsos eléctricos, ¿es realmente imposible que algún día podamos captar, interpretar o incluso integrarnos a ese flujo invisible? y más inquietante aún... ¿y si ya existe algún tipo de red, no tecnológica sino cerebral, que todavía no sabemos reconocer ni manejar?
La ciencia suele responder con prudencia y la cultura popular, con entusiasmo. La Vereda Oculta no está aquí para elegir un bando, sino para observar el punto exacto donde ambas narrativas se contaminan.
El espejismo de la antena humana
Desde un punto de vista físico, no hay misterio en las señales que nos rodean. El Wi-Fi y las ondas de radio forman parte del espectro electromagnético, un rango de radiación que incluye desde las ondas de baja frecuencia hasta los rayos gamma. No son energía espiritual ni vibraciones místicas; son fluctuaciones medibles del campo electromagnético que se propagan por el espacio a la velocidad de la luz.
El cerebro humano, por su parte, opera mediante señales eléctricas generadas por la actividad de miles de millones de neuronas. Cada pensamiento, emoción o recuerdo implica movimientos de iones, cambios de potencial eléctrico y pequeños campos magnéticos que pueden registrarse con instrumentos como el electroencefalograma. Esta coincidencia superficial —electricidad aquí, ondas allá— ha alimentado durante años la idea de que el cerebro podría funcionar como una antena latente, capaz de sintonizar frecuencias externas si aprendiera a hacerlo.
Sin embargo, la biología es menos romántica. El cerebro no está estructuralmente diseñado para recibir, decodificar ni traducir señales electromagnéticas externas en información consciente. No posee órganos receptores comparables a una antena ni mecanismos internos capaces de interpretar ese tipo de estímulo como lenguaje o datos. En términos estrictos, el cerebro no “escucha” el Wi-Fi por la misma razón que el ojo no oye sonidos, no es una limitación de voluntad, sino de diseño.
Aun así, descartar la pregunta por completo sería ingenuo. El cerebro no es una entidad aislada del entorno físico; es un órgano profundamente sensible a las condiciones eléctricas y químicas que lo rodean.
La influencia silenciosa de los campos invisibles
Aunque el cerebro no capte señales de radio como información, sí puede verse afectado por campos electromagnéticos bajo ciertas condiciones. Campos intensos pueden alterar la actividad neuronal, modificar ritmos cerebrales o interferir con procesos cognitivos de manera indirecta.
Este punto es crucial y suele malinterpretarse. El hecho de que un campo electromagnético pueda influir en la actividad cerebral no implica comunicación ni control, del mismo modo que el ruido no es lenguaje. La mayoría de las narrativas alarmistas parten de esta confusión: convierten la interferencia en intención y la influencia en conspiración.
La neurociencia contemporánea no ha encontrado evidencia de que el cerebro humano pueda decodificar señales externas complejas sin intermediarios tecnológicos. Pero sí ha confirmado que el cerebro es altamente plástico, adaptable y capaz de aprender a interpretar nuevos tipos de estímulos si se le proporciona el marco adecuado.
Y ahí es donde la pregunta cambia de forma.
Cuando la tecnología aprende a hablar con el cerebro
Si el cerebro no puede captar ondas por sí solo, la tecnología ha decidido no esperar a que evolucione. En las últimas décadas, las interfaces cerebro-máquina han demostrado que la actividad neuronal puede traducirse en acciones externas, desde mover prótesis hasta escribir palabras en una pantalla. El proceso funciona a la inversa también, estímulos eléctricos aplicados al cerebro pueden generar percepciones, emociones o movimientos.
Telepatía, la teoría sintérgica y los registros de lo invisible
Si la pregunta inicial parecía tecnológica —¿puede el cerebro captar señales como el Wi-Fi?—, inevitablemente nos conduce hacia una zona más antigua y más arriesgada, la posibilidad de que la mente humana no esté confinada al cráneo.
En México, el nombre de Jacobo Grinberg sigue apareciendo cada vez que se habla de telepatía, conciencia expandida o interacción mente-realidad. Su llamada “teoría sintérgica” proponía que la percepción no era una simple lectura pasiva del mundo físico, sino el resultado de la interacción entre la actividad cerebral y una estructura informacional subyacente del universo. En ese marco, fenómenos como la telepatía no serían milagros ni ilusiones, sino variaciones en la forma en que distintas mentes interactúan con ese campo común.
La ciencia convencional no adoptó estas propuestas como modelo explicativo verificable, pero el atractivo cultural de la hipótesis permanece. No porque prometa poderes espectaculares, es porque ofrece una narrativa alternativa, la mente como modulador de una red profunda de realidad.
Algo similar ocurre con la noción de los Registros Akáshicos, popularizada en el ámbito esotérico moderno por corrientes vinculadas a Helena Blavatsky. La idea describe un archivo universal donde toda experiencia, pensamiento y acontecimiento quedarían registrados en un plano sutil accesible mediante estados especiales de conciencia. En términos contemporáneos, suele traducirse como una “nube cósmica” de información, una especie de internet metafísico anterior a cualquier router.
Ambas propuestas —la teoría sintérgica y los registros akáshicos— comparten algo con la pregunta sobre Wi-Fi y cerebro, la intuición de que la conciencia podría interactuar con una red mayor que no vemos. La diferencia está en el lenguaje. Donde la tecnología habla de ondas y frecuencias, el esoterismo habla de campos y planos sutiles. Pero la estructura simbólica es la misma, una trama invisible que conecta todo.
Desde el punto de vista empírico, no existe evidencia sólida que confirme la telepatía como transmisión directa de pensamientos ni la existencia literal de un archivo cósmico de información. Sin embargo, el hecho de que estas ideas resurjan con fuerza en cada época revela la incomodidad humana ante la idea de aislamiento mental.
Queremos creer que no estamos encerrados en nuestra propia conciencia y que hay puentes invisibles. Que existe una red más vasta que la que construyen cables y satélites.
Tal vez la pregunta sobre si el cerebro puede captar Wi-Fi no sea técnica, sino existencial. Tal vez lo que realmente buscamos no es una nueva capacidad biológica, sino la confirmación de que nunca estuvimos completamente separados.
Imagen creada con Sora IA
Reviewed by Angel Paul C.
on
febrero 20, 2026
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